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Estaba cansado, llevaba más de 24 horas despierto, de las cuales ocho o nueve las había dedicado a beber y esconder, de mis amistades cercanas, la tristeza que sentía por mi próxima partida. Se suponía que nos iba a recoger un amigo, pero, fiel a su carácter, estaba dormido. Estábamos en la estación de trenes, sin creer lo que acababa de suceder. Yo estupefacto y burlándome de mi suerte, mi amigo desconcertado sin saber si me desmoronaría o de qué forma reaccionaría; al pobre no le queda mas que esperar a que yo reaccionara porque no conocía el lugar y no sabía hacia dónde dirigirse. Afortunadamente el pueblo era pequeño y ya lo conocía lo suficiente para llegar a cualquier lugar en él sin importar el estado en el que me encontrara. Emprendimos los dos kilómetros y medio hacia la casa en la que dormía nuestro amigo y en donde me alcanzaría la persona que acababa de irse en el tren con dirección a Múnich.
La caminata y la nevada me ayudaron a despejar un poco mi cabeza, sin embargo, el alcohol seguía bombeado por mis venas. Llegamos a la casa, nos acogieron con la calidez de la calefacción encendida y el olor a desayuno cocinándose. Colapsé sobre una silla en la cocina, en la que el ruido no tenía claridad en mi cabeza; las conversaciones y las risas revolvían mi interior, quería gritarles que se callaran, pero al mismo tiempo quería comer y olvidar lo embarazoso de lo que acababa de vivir. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Qué esperaba encontrar? Mejor dicho, ¿qué esperar lograr? Empezaba a asomarse la sobriedad en mi cabeza y no me gustaba lo que encontraba. Quería estar en mi casa, en mi cama, comiendo currywurst viendo cualquier cosa en Netflix, tomando té o mejor aún, despertando junto a alguna mujer anónima de la noche anterior.
El timbre me sacó de mi estupor. Me puse nervioso al instante, sentía mis sentidos a flor de piel, mi estómago hecho nudo y un poco de miedo. Sabía quién iba a aparecer en cualquier instante, deseaba que no lo hiciera, deseaba no haber ido, deseaba haber tomado un tren más tarde o haberme subido en otro vagón y no haberme cruzado con ella en la estación. Pero estaba ahí, la había visto en el tren, me había hablado y quedamos de vernos en esa casa una hora después. Entró a la cocina, sonrió y saludó a todos, se sentó a mi lado, tomó mi mano y se integró a la conversación.
Me sentía incómodo y feliz a su lado. Estaba lleno de culpa y vergüenza. Comimos, platicamos un rato y eventualmente nos dejaron a solas en la cocina. ¿Qué haces aquí? Fue lo primero que me dijo. Le expliqué que había estado tomando con mis amigos y seguí el impulso que sentí de ir a verla. Le pregunté cómo se encontraba y fuerte y estoica como siempre, dijo que bien de tal forma que no podías no creerle. Me preguntó cómo estaba y así inició lo que no quería que pasara, ella consolándome mientras me desahogaba.
Empecé a decirle todo lo que pensaba y sentía. Le compartí la culpa que sentía y lo apenado que estaba. Dijo lo que necesitaba escuchar, que sabía que era cierto, pero necesitaba escucharlo de ella. No era mi culpa, las enfermedades no son culpa de nadie y yo no había hecho nada malo. Las decisiones que había tomado eran lo mejor para los dos y ella no me reprochaba nada, todo lo contrario, seguía llena de amor por mí. No había mucho más que decir, no había más que hacer, todo lo que debía decirse estaba dicho, lo que necesitaba aclararse estaba aclarado y todo lo que había que perdonarse estaba perdonado.
Quedé de ver a unas amigas en Múnich y pasaré unos días allá, ¿quieres acompañarme? Me preguntó conociendo mi respuesta. Le dije que no podía, debía regresar a casa. Lo sé, me respondió, caminemos juntos a la estación. Nos despedimos de todos y caminos de regreso a la estación de trenes. No recuerdo que hayamos hablado en el camino, seguro lo hicimos, pero en mi memoria no quedó registrada esa conversación.
La estación de Pfarrkirchen solo tiene dos andenes, para una misma vía de tren. Un andén es para el tren que llega del oeste y la otra es para el tren que llega del este. Esos trenes llegan con cinco minutos de diferencia y parten con uno o dos minutos de diferencia en sentidos opuestos. Nos encontrábamos en el espacio entre los dos andenes. Llegamos apenas unos minutos antes que los trenes y le pedí no decirnos adiós, evitemos todo tipo de despedida por favor. Llegó primero el tren que yo debía tomar, me dijo que me subiera porque en cuanto llegar el suyo el mío partiría. Nos abrazamos fuerte, nos besamos con sencillez y suavidad, acaricié su mejilla izquierda, me di la vuelta y subí al tren mientras llegaba el suyo. Ella ascendió, se acomodó en un asiento a la altura de donde yo me había sentado, me volteó a ver y, en cuanto arrancaron los trenes, esbozó una sonrisa estremecedora apenas perceptible. Esa es mi última imagen de ella, su rostro afable y triste con una agridulce e imperceptible sonrisa, dirigiéndose al oeste mientras yo me dirigía al este. Las direcciones de nuestros respectivos trenes presentándonos la metáfora perfecta para los caminos opuestos que tomaban nuestras vidas. Ella se dirigía lenta y segura hacia su muerte recién anunciada, consolando a todos los que la rodean, portando una sonrisa estoica, resignada y entera, fuerte y vulnerable, sin quejas. Yo me dirigía de vuelta a mi país, lleno de incertidumbre, deseando quedarme, con poco entusiasmo para enfrentarme a todo lo que me recordaba al viejo yo que tanto quería dejar atrás, sintiendo que le había fallado, que estaba huyendo, a pesar de no querer hacerlo; con la diferencia de que mi camino seguiría y estaba lleno de posibilidades, mientras el suyo se dirigía a sus últimas paradas. Nuestros caminos coincidieron en Pfarrkirchen, nos alcanzó el tiempo para enamorarnos, no tuvimos una despedida, pero vimos a nuestros trenes partir en sentidos opuestos y ese fue el cierre que necesitábamos.

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