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Curaba mi insomnio con alcohol, nunca funcionaba, pero eso no evitaba que lo intentara cada noche. Tras una noche más de beber con amigos, hablar de despedidas y mostrar un falso optimismo sobre el futuro, me hallaba a la mitad de un puente hablando con una amiga. El sol estaba por salir, la nieve caía incesante, el pequeño río debajo de nosotros mantenía su paso firme hacia el Danubio y nosotros hablábamos entre la niebla del alcohol consumido y la brisa blanca que se acumulaba a nuestro alrededor.
Estaba buscando un cuerpo caliente con quien combatir el tedio y el frío de lo que quedaba de la noche previa, mejor dicho, de la naciente mañana. Me preguntó por mi ex novia y los recuerdos de los meses previos regresaron a mi mente como una cachetada helada. Le dije que nos separamos, le di la explicación de siempre: “regreso a mi país, no tiene sentido extender un fin inevitable.” Empezó con la clásica letanía sobre el amor, sobre entregarse, sobre tener valor y no correr de las complicaciones. No podía escuchar un segundo más de ese trillado discurso, estaba harto de que cada persona dijera lo mismo. Estallé, me desbordé como el Danubio lo había hecho dos semanas antes, y vertí sobre ella todo lo que venía cargando, ignorando, escondiendo, negando y deseando olvidar: “¡se va a morir, no sabemos cuánto tiempo le queda y yo me regreso a mi país sin saber cuándo pueda regresar! Ella va a emprender un viaje sin retorno y no podré estar con ella. ¿Sabes lo difícil que es eso para mí, para ella, sobre todo para ella…?”
Se quedó callada media eternidad hasta que encontró palabras. Soy una romántica, me dijo, y yo creo que si todavía tienes unos segundos, unas horas o unos días aquí, deberías correr a ella.
Sentía el alcohol en mis venas, lo sentía en mi cabeza nublando mis ideas. Sentía la pesada carga de la culpa que me carcomía, culpa por haber cortado con ella, culpa por no haber estado con ella durante los estudios y los procedimientos. Debo aclarar que no la corté por su enfermedad, nos separamos antes del diagnóstico que salió de la nada. Cortamos porque lo propuse, pero ella estuvo de acuerdo. Cortamos porque era lo lógico y terminamos en muy buenos términos. Si un día regresas y estás soltero y yo estoy soltera, ¿volverías a intentarlo?, me dijo el día que cortamos, le respondí que sí. “No sabemos qué pueda ocurrir en los años que vengan, pero si nos reencontramos y estamos disponibles, no cerraré las puertas a la posibilidad.” La siguiente vez que hablamos me mandó un mensaje para decirme que su cáncer había regresado y esta vez era terminal. Hay mensajes difíciles y luego está ese que resultó devastador. Ese día nació mi culpa, ese día se intensificó mi insomnio, ese día el piso desapareció bajo mis pies.
Me convenció mi amiga, busqué la salida de tren más próxima. Me bañé, comí algo rápido, le hablé a un amigo para que me recogiera en la estación y a otro que quería ir a visitarlo para que me acompañara. Tomamos el tren de las 7:14 y llegamos al pequeño Pfarrkirchen pasadas las 10 de la mañana. Me sentía sobrio, cansado y ansioso. Nos dirigimos a la salida del vagón y nos formamos detrás de todos los que habían viajado con nosotros ese día. Mientras descendía las escaleras, la vi esperando para abordar el tren del que me bajaba. Su cara reflejaba sorpresa y confusión, pasó a mi lado y me preguntó “¿Qué haces aquí?”. Ella subió al tren y yo me bajé. Le respondí que había ido a verla. Me pidió que la acompañara a Múnich, le dije que sí, voltee para despedirme de mi amigo y el tren partió sin mí. No lo podía creer, hice algo impulsivo y por supuesto salió mal. “¿¡Se fue?!” Preguntó mi amigo. Sí, le respondí incrédulo, riendo porque no me quedaba más. Había suficiente alcohol en mi sistema para reírme de mi suerte, mi torpeza y mi tristeza. Me quedé parado en el andén sin saber cómo moverme, mucho menos hacia dónde hacerlo. Nevaba a mi alrededor, había iniciado la tarde anterior y no cedía. Mi teléfono sonó, había olvidado que lo tenía. Era ella, por supuesto, su mente despejada pensaba con claridad y recordó que vivimos en una era de teléfonos móviles. Me dijo que la esperara, “regreso en una hora, no te vayas."
Ave Literaria

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